La cultura visual suele construirse a partir de referencias compartidas, pero solo algunos creadores consiguen hacer que esas referencias terminen pareciendo completamente propias.
En el caso de COS, el punto de partida puede encontrarse en el hip hop, los grafitis, los coches, la ropa o determinados códigos de memoria urbana, aunque el resultado termina funcionando como algo mucho más personal: un ecosistema visual reconocible, intuitivo y en constante evolución.
Desde el pasado 16 de mayo, el artista ha llevado ese universo al espacio físico a través de una intervención en el Tattoox Club de Barcelona, un proyecto concebido como una inmersión en su manera de mirar el mundo: cuadros, maquetas, ropa, piezas vinculadas a trabajos anteriores e incluso referencias más íntimas convivieron en un espacio que funcionó menos como una exposición tradicional y más como una invitación a entrar dentro de un imaginario creativo propio.
Sin embargo, hablar con COS deja claro algo desde el principio: detrás de esa estética tan reconocible no existe un relato grandilocuente ni una construcción excesivamente intelectualizada. Hay intuición, cultura visual y una relación profundamente emocional con todo aquello que le rodea.

El origen de un imaginario que nunca ha dejado de mutar
Cuando se le pregunta por el inicio de su trayectoria, COS no identifica un punto de partida concreto ni un momento fundacional especialmente claro. Más bien habla de algo que siempre estuvo ahí.
“Sinceramente, no tengo una noción exacta de cuándo empieza todo esto. Siento que siempre ha sido una parte muy importante de mi personalidad el expresarme artística o creativamente”, explica, dejando entrever una idea interesante: en su caso, la identidad visual no aparece como una decisión estratégica, sino como una prolongación natural de quién es.
Ese lenguaje, además, sigue cambiando constantemente. Y para él eso no es un problema, sino casi una obligación.
“Creo que es síntoma de buen camino que todo cambie constantemente. Si esto no pasa, significa que no estás aprendiendo cosas nuevas”, afirma, aunque matiza algo importante: evolucionar no está reñido con construir un imaginario propio. En su caso, ese ecosistema siempre ha estado ligado al hip hop, aunque ampliando constantemente las referencias y llevándolas a lugares aparentemente alejados de él.

COS y la cultura visual entendida como tributo, no como nostalgia
Hay algo especialmente interesante en la manera en la que COS habla de referencias. Su trabajo puede parecer nostálgico a simple vista —tipografías, coches, deportes, símbolos urbanos, imaginarios de otras décadas—, pero él evita completamente esa lectura.
“Yo no lo llamaría nostalgia; para mí es más bien un tributo”, explica. “No lo echo de menos, hay cosas que ni yo he vivido y aun así me inspiran”. Una reflexión especialmente pertinente en un momento donde gran parte de la cultura visual parece obsesionada con revivir el pasado como simple recurso estético. En su caso, la operación es distinta: no se trata de volver atrás, sino de reinterpretar códigos culturales para construir algo propio.
Tal vez por eso su imaginario funciona. Porque no intenta parecer auténtico: parte directamente de referencias que realmente forman parte de su vida.

Del graffiti a la ropa: cuando la estética se convierte en lenguaje
Antes incluso de entender qué era el rap, ya existía una fascinación por la estética.
“La estética es la primera telaraña que me atrapó en la cultura”, recuerda. Habla de un niño de cinco o seis años observando cómo vestían los raperos, fijándose en grafitis y códigos visuales antes incluso de comprender completamente aquello que representaban. Una forma de entender la cultura que, inevitablemente, termina trasladándose también a la ropa.
Por eso la colaboración con Tattoox y la presencia de piezas textiles dentro del proyecto no parece anecdótica ni oportunista. En el universo de COS, la moda no aparece como accesorio: forma parte del mismo lenguaje.
“Todo está cargado de información, y por supuesto la ropa”, resume.

Entre Palencia y Madrid: barrio, identidad y pertenencia
En el corto que acompañó la intervención aparecen dos ciudades fundamentales: Palencia y Madrid. La primera, como origen emocional; la segunda, como lugar de expansión creativa.
COS habla de Palencia desde el arraigo, casi desde la responsabilidad.
“Allí se forjaron mis intereses, mi persona y mis valores”, cuenta. Pero también desde una conciencia muy clara del contexto del que viene: “Soy consciente de que no todos en mi barrio, aunque tengan el mismo o más talento que yo, lo han conseguido”. Una mirada que convierte la idea de representar el lugar de origen en algo bastante más profundo que una cuestión de orgullo territorial.
Madrid, por el contrario, aparece como el lugar donde encontró afinidad.
“Fue mi oasis, un sitio en el que me comprendían”, dice, reconociendo además el papel posterior de Barcelona dentro de su evolución personal y creativa.
Objetos cotidianos, símbolos culturales y una mirada muy personal
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo de COS es la capacidad de transformar elementos aparentemente banales en piezas cargadas de significado. Coches, tipografías, flores, ropa deportiva o determinados símbolos de cultura popular aparecen constantemente dentro de su imaginario.
Cuando se le pregunta por ello, él mismo lo resume con humor: “A lo Pedro Almodóvar jajajaja”.
“Me gusta lo cercano, lo cotidiano. Siento que hay objetos que, si puedes meterlos en el ecosistema adecuado, cobran un significado totalmente diferente”, explica. Y quizá esa frase ayude a entender buena parte de su trabajo: no tanto como una acumulación de referencias, sino como una forma de reorganizar objetos y códigos culturales hasta hacerlos dialogar entre sí desde otro lugar.
El valor de construir un universo propio
En un momento en el que gran parte de la cultura visual parece moverse a golpe de algoritmo, velocidad y referencias recicladas hasta el agotamiento, el trabajo de COS encuentra fuerza precisamente en otro lugar: la coherencia. No entendida como repetición, sino como una manera muy concreta de mirar el mundo.
Porque quizá lo interesante de su trabajo no sea tanto un Ferrari F40, un chándal, una tipografía concreta o determinadas referencias urbanas, sino la forma en la que todo eso convive hasta construir algo reconocible sin necesidad de explicación. Una identidad visual que no parece obsesionada con ser entendida por todo el mundo, sino simplemente con existir desde un lugar honesto.