Piro, el arte más allá del lienzo

MISTER PIRO ENTREVISTA

“Mucha gente se ha cansado de ver murales o de ir a una exposición y ver los cuadros colgados y punto, por eso quiero ofrecer experiencias

El arte es un lenguaje con vida propia que se expande en diferentes direcciones. Crece, cambia, se adapta a nuevos canales y formas de expresión y se desparrama como lo hacen los trazos de color que marcan la obra de Andrés Sánchez-Ocaña, aka Piro (Plasencia, 1994). Entender esta polisemia en el arte a tiempo es, entre otros, uno los motivos que han hecho que las creaciones del artista lo consoliden como una de las voces del momento. No sabemos si a Piro le dijeron la manida frase “del arte no se vive”, pero la realidad es que con poco más de 30 años y tal y como nos cuenta en entrevista, el extremeño nunca ha trabajado “de otra cosa que no sea pintando”.

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Fotos Manu Bermúdez
Entrevista María Muñoz

Las prisas frenéticas de un lunes por la mañana en Madrid parecen disiparse a medida que nos adentramos en el estudio del artista en Carabanchel, nuevo epicentro del arte contemporáneo en la capital. Piro comparte esta nave llena de arte en ebullición con Sabek e Irene Molina, compañeros y colegas de profesión, una primera pista sobre la forma en la que entiende el sector: sin rivalidades. Conocido por su etapa como muralista, ha trabajado por Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, prefiere los formatos grandes, y aunque trabaja en el plano de la abstracción, nos cuenta que en sus obras le gusta tratar el paso del tiempo. Ha sabido leer el lenguaje posmoderno de las redes y el algoritmo, por eso ha trabajado con grandes marcas como Spotify o Nike, eso sí, sin perder su esencia. Sus próximos proyectos miran hacia la configuración de experiencias en las hacer partícipe al espectador; desde sinergias con chefs a instalaciones. Te lo contamos.

Entrevista con Piro

Hasta el 1 de marzo presentas tu exposición ‘La Fortaleza’ en Plataforma², en Barcelona, donde te desmarcas un poco de los murales para abrazar el formato de la instalación

Presento mi obra en Barcelona, porque he hecho mucha colaboración allí, pero no había hecho una exposición como tal. No tener la presión de trabajar con una galería al uso me ha permitido hacer obras un poco menos vendibles, pero con cosas que tenía en la cabeza desde hace tiempo, cosas que quería hacer. No siempre se tiene esta oportunidad de experimentar y jugártela. Yo empecé pintando murales y graffitis hace muchos años, pero me estoy cansando un poco del mural en sí. Es una instalación en la que he experimentado muchísimo con las piezas, porque Plataforma², de mi amigo Ángel León, no es una galería en sí, sino un espacio multidisciplinar, que funciona como galería, pero también es un estudio que van a convertir en fundación. Allí lo que quieren es apoyar artistas que están empezando, y darles un espacio en Barcelona para trabajar.

Justo iba a preguntarte por esto, últimamente has transicionando hacia las instalaciones, un formato en auge. ¿Cómo llevas el cambio? Es un soporte muy distinto, y también un lenguaje diferente. Al final, no es lo mismo una persona que camina por la calle y se encuentra con tu obra que el perfil de la gente que acude con conciencia a ver una instalación de arte

Me etiquetaba mucho como artista urbano, porque es verdad que empecé pintando murales, y el contacto con la calle siempre ha sido muy estrecho. Lo agradezco un montón, porque gracias a eso he podido llevar a cabo formatos grandes, que me gustan mucho. Mi carrera viró un poco después. Seguí haciendo murales, pero eran todos de interiores; en colaboración con arquitectos, con interioristas, techos, suelos… Proyectos muy arquitectónicos, pero de interior. El gran formato me encanta, y he querido seguir explorándolo, pero saliendo un poco de lo convencional. Creo que la gente está cansada de ver murales, y al acto de pintar un mural le quería dar un twist. Me siento muy cómodo trabajando con lienzo y con tela, y pensé en cómo podía hacer para seguir haciendo grandes formatos, pero con técnicas de estudio: mezclando lienzo con mural, con proyectos más alternativos con los que la gente luego pueda convivir. Ahora estoy trabajando con textiles, y estoy muy focus en experiencias. Mucha gente se ha cansado de ver murales o de ir a una exposición y ver los cuadros colgados y punto, por eso quiero ofrecer experiencias.

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Y en algunas de estas experiencias unes el arte con la gastronomía.

Siempre he estado muy vinculado al mundo de la gastronomía porque me gusta mucho aprender, y ver de cerca los procesos de la cocina, que tienen muchas capas y se parecen un poco a los procesos de la pintura. Conocí a Alejandro Serrano antes de que le dieran al Estrella Michelín hace muchos años. Yo tenía un proyecto en el que trabajaba poxi – adhesivo de alta resistencia que se utiliza sobre superficies como la cerámica– sobre platos, y eso permitía emplatar jugando con el cuadro y la composición. Iba a su restaurante y me enseñaba sus procesos, y veíamos cómo usaba él los colores y cómo los usaba yo. Ahora estamos formando una especie de marca que se llama Obra, en la que queremos hacer experiencias de 10 o 15 personas y que sea itinerante. Se llama así porque queremos que todo sea una obra: que la gente pueda ir a comer encima de una obra de arte y luego se la pueda llevar a casa, ver cómo interactúan con las piezas desde este carácter inmersivo. Que el mantel, el centro de mesa, todo sea la obra y puedas meterte de lleno. Me gustaría que pudiéramos servir como sinergia entre artistas y chefs

Y hablando de trabajos itinerantes, tu obra se extiende por distintas partes del mundo; estás en Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. ¿Tu obra cambia dependiendo de dónde la vayan a ver? ¿O no te condiciona?

Sí, me condiciona un poco, pero de una forma intuitiva. Siempre intento tener en cuenta el entorno cuando voy a trabajar en un mural, porque es una obra que va a convivir con las personas que viven ahí por lo menos cinco o seis años. Cuando trabajo el mural lo que hago es digitalizar. Antes iba a pintar como si el mural fuera un cuadro, llevándome un montón de colores a la grúa, al muro o al andamio e improvisando, pero siempre me iba un poco desilusionado con el acabado final. Me volvía loco y nunca me iba contento. Estaba una semana pintando, me iba y tenía la sensación de que necesitaba seguir haciéndolo. Lo que hago ahora es una cosa divertida para mí porque es verdad que el proceso de estudio que tengo es experimentación, pero al llegar al mural tengo simplemente que copiar lo que ya he creado, y me relaja.

taller de mister piro en madrid carabanchel
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Y hablando de digitalización, las redes también entran fuerte en la ecuación del arte, y también en la forma de consumirlo. No es lo mismo ver una obra en directo que en una pantalla. De hecho, hay obras que triunfan en redes y en directo generan sensaciones distintas. ¿Te condiciona crear en tiempos de redes?

Me pasaba muchísimo cuando iba a las primeras ferias de arte en Miami. Veía a pintores americanos de los que llevaba viendo cuadros en Instagram mucho tiempo. De repente los ves la realidad y dices ‘joder, qué guay’. Siento que, cuando hago cuadros, no pinto para las fotos, pero lo de pintar para la foto sí que es una cosa que se hace mucho cuando haces murales. En el tema del muralismo casi siempre se pinta para la foto y es una putada, pero porque también entran muchos factores; la localización, si justo hay un árbol o una farola en medio… Ahí el tiro de la foto importa.

Has dinamitado el cliché que dice que no se puede vivir del arte. Y no solo eso, sino que, además, has colaborado con marcas muy grandes; Spotify, Nike… ¿Cómo es dialogar con estas marcas? Entiendo que son trabajos que no pueden ser 100% Misterpiro, pero consigues llevártelo a tu terreno sin caer en los críticos de arte de la vieja escuela que se llevan las manos a la cabeza cuando escuchan la palabra comercial.

Con esto ha habido un tabú muchísimos años. Yo he tenido mucha suerte porque siempre he tenido una identidad muy fuerte desde el principio, aunque obviamente ha ido evolucionando, y todas las colaboraciones que he hecho siempre han sido porque me han dado esa libertad. Es muy divertido, porque te pasan unos briefings en los que tienes que apurar al máximo para seguir siendo tú, pero está guay porque a la vez te aprietas un poco la mente al salir de lo que sueles hacer. Yo siempre he sido muy feliz porque me han encargado cosas dentro de mi marco, de mi imaginario, no me he salido nunca de ahí ni he estado incómodo. El arte urbano y el arte posturbano siempre ha estado muy vinculado con las marcas, porque no solo somos pintores de cuadros, sino que los límites están como mucho más allá y te puedes amoldar a muchas cosas y soportes. Que una marca te dé el formato, la oportunidad y encima te pague bien, a mí me parece guay, siempre que seas tú.

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Porque el mercado del arte está en un momento frágil…

El mercado del arte fluctúa. Después del Covid ha habido una gran crisis donde se ha dejado de vender, cuando antes en las inauguraciones se hacía sold out. Ahora ya no se venden tantos cuadros y es por muchos motivos: porque ha habido varias burbujas, porque la gente ya no quiere objetos… Hay muchos factores, pero ya no se está vendiendo tanto. Ahora que el mercado del arte está un poco débil, hacer la colaboración con una marca que te pague 30.000 pavos por una acción ya no está tan mal visto. Creo que es muy complicado llegar a vivir de tu obra. A mí me encantaría estar aquí en el estudio, vender un cuadro por 50.000 euros y no preocuparme de nada más que de venir aquí a pintar, pero es que eso es muy complicado, para que tu obra llegue a eso tiene que pasar mucho tiempo. Creo que la carrera de artista tiene que ser muy lenta, para que tu obra tenga un cierto valor y una madurez tiene que pasar muchos años, entonces todo ese tiempo está jodido. A mí siempre me ha gustado ir más allá y adaptar mi obra a muchas cosas, colaborar con chefs, con arquitectos… Siempre estoy muy cómodo con todo este tema, y ahora la frontera se han desdibujado un poco.

Parece que estamos en un momento en el que las tendencias de moda, arte o decoración están monopolizadas por los neutros. Tu obra es puro color, casi un acto de rebeldía ahora mismo.

Cuando la gente ve una obra mía y no sabe bien qué decir siempre dicen eso ‘me encantan los colores que usas’, porque la realidad es que están todos (se ríe). A mí me cuesta mucho no añadir color, es algo que me sale solo. Pero es verdad que estoy bajando mucho las revoluciones. Al final, la obra va madurando igual que la persona. No podría vivir con cuadros míos de 2017, por eso no me gusta la gente que archiva todo Instagram y no se ve de dónde viene. Me jode mucho cuando me encanta un artista y no puedo ver su background. Yo tenía 4.000 publicaciones y me quedé con unas 500, pero si alguien baja mucho a mi Instagram puede ver la evolución y de dónde vengo, creo que mola ver el proceso del artista.

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Y en esta misma línea, si mirásemos tu obra como si fuera una especie de relato, dentro de lo que tú haces, que no es figurativo pero sí es una abstracción divertidísima, ¿qué aparece por ahí? ¿de qué nos hablan tus obras?

Me gusta mucho hablar de paso del tiempo. En Plataforma² había unas paredes que estaban recuperadas con un montón de capas de pintura de muchísimos años atrás, y justo la obra que estaba haciendo se parecía en cuanto a tonalidades. Me gusta que la obra madure guardada como un vino. Que se vean esas capas de tiempo. Si me hacen un encargo tardo el tiempo que tenga de margen, lógicamente, pero tengo un almacén muchos rollos de obra en los que voy probando y pintando de vez en cuando. Me gusta que se vean muchas capas de tiempo, y cuando hay un cuadro que no se vende o que está mucho tiempo en el estudio los sigo pintando hasta que se venden, me gusta que acumulen tiempo, porque es como hablar con tu ‘yo’ del pasado.