Felipe Pantone: “Antes me perseguía la policía y ahora me persiguen las marcas, algunas para intentar comprar credibilidad”

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La obra de Felipe Pantone no se entiende desde la contemplación pasiva, sino desde la velocidad. Hay algo en su lenguaje —esa tensión constante entre lo analógico y lo digital, entre lo físico y lo lumínico— que responde directamente a una forma de estar en el mundo.

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No es solo estética: es una manera de procesar la realidad contemporánea. En conversación con MADMEN, el artista traza un recorrido que va desde la repetición casi obsesiva del graffiti hasta una práctica expandida donde el arte se desplaza hacia lo espacial, lo sensorial y lo total.

Del nombre escrito a la investigación visual

Pantone empezó a pintar graffiti en 1998, pero durante años no lo entendió como una práctica artística en el sentido tradicional. “Hasta 2013, por lo menos, no empecé a tomarme el arte en serio, simplemente estaba centrado en escribir mi nombre”, explica. Lo interesante aparece después, cuando reinterpreta ese pasado con otra mirada: “Con el tiempo entendí que todo ese proceso ya era una investigación visual, aunque en ese momento no lo viera así. Era práctica constante, repetición y aprendizaje en la calle”.

Ese aprendizaje, lejos de academias o marcos institucionales, define buena parte de su forma de trabajar. La calle no como escenario, sino como método: insistencia, error, velocidad, adaptación.

Velocidad, desplazamiento y cultura digital

La relación de su obra con lo tecnológico no nace desde una fascinación superficial, sino desde una experiencia vital concreta. Haber crecido entre países y contextos distintos imprime una lógica de movimiento constante. “Precisamente nace de mi infancia, de haberme mudado de países desde los 5 años, y de mi adolescencia creciendo con el graffiti. Donde se pinta rápido, se borra rápido, tienes que adaptarte a cualquier superficie”.

Ese ritmo conecta de forma natural con lo digital, donde todo sucede en tiempo real y nada permanece demasiado. “Esa forma de funcionar conecta bastante bien con lo digital, donde todo es inmediato y cambiante”. En su caso, la estética glitch o el uso del color no son decisiones formales aisladas, sino la traducción visual de esa lógica.

Pintar desde el presente

Pantone no mira hacia atrás con nostalgia ni hacia otros tiempos como refugio. Su trabajo parte de una aceptación frontal del presente. “Yo me considero una persona cuyas costumbres son propias de mis tiempos”, afirma, desmontando esa idea recurrente de pertenecer a otra época.

Esa actitud se filtra directamente en su proceso creativo, donde conviven intuición y estructura. “Mi trabajo refleja bastante mi modus vivendi. Hay una parte intuitiva, pero también lo intelectualizo, lo estructuro, y hago arte en consecuencia”. No hay improvisación pura ni sistema cerrado, sino una especie de equilibrio dinámico entre ambos.

De la calle al sistema del arte

El tránsito del graffiti al circuito artístico no aparece en su discurso como una ruptura, sino como una continuidad natural. En ambos contextos, la lógica es similar: lo individual dialoga con lo colectivo. “En graffiti hay conexiones, círculos, crews… pero cada uno escribe su nombre. Conectas con lo general desde lo individual”.

En el arte contemporáneo ocurre algo parecido, aunque con otras reglas. “Cada artista es único, pero dialogamos todos con todos a través del arte”. La diferencia, en su caso, aparece en la relación con el entorno: “Antes me perseguía la policía y ahora me persiguen las marcas, algunas para intentar comprar credibilidad”. Aun así, deja claro que su posición no ha cambiado: “Por mi parte, el arte sigue siendo igual de puro”.

Color, saturación y retina contemporánea

En la obra de Pantone, el color no funciona como adorno. Es una herramienta para competir en un ecosistema saturado de estímulos. “En graffiti aprendí que, para permanecer en la retina del espectador en un entorno donde nos llegan más imágenes de las que posiblemente podemos consumir, hay que incrementar el contraste y subir la saturación”.

Ese principio se traslada sin fricción al entorno digital. “El graffiti piensa así, y en internet se actúa así. Es una respuesta lógica”. Su pintura, en ese sentido, busca algo más complejo que el impacto inmediato: “Intentar condensar en una pintura estática la sensación que me deja el mirar tantas pantallas me parece una manera de pintar la contemporaneidad”.

Entre seducción e incomodidad

La relación con el espectador no está planteada en términos de agrado o rechazo, sino de activación. “Me interesa levantar la pregunta, sacar el tema”, resume. La reacción depende más del contexto de quien mira que de la intención del artista.

“Si la contemporaneidad te incomoda, suele pasar que mi trabajo también. Si, por el contrario, te seduce, puede que mi trabajo te haga sentir cómodo”. Su obra no dirige la lectura, sino que la amplifica.

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Expandir el arte más allá del objeto

En los últimos meses, su práctica ha empezado a desplazarse hacia otros territorios. La rehabilitación de Casa Axis marca un punto de inflexión. “Se me ha abierto un portón enorme hacia el interiorismo, el sonido, los aromas…”.

Más que un cambio de disciplina, se trata de una ampliación del campo de acción. “Los espacios donde aportar una visión creativa son inagotables”. Y en ese movimiento no hay rastro de miedo o contención: “No le tengo miedo a nada”.

Lo que empezó como un nombre escrito en la calle termina desplegándose como un sistema abierto, donde la pintura es solo una de las muchas formas posibles de intervenir en el presente.