El director decía en la presentación de la película en Sitges que la soledad produce monstruos. La pandemia ha puesto en el debate público la soledad, la depresión y la salud mental. Algo que trata la película.

Sí, absolutamente. Es que va de eso. Cuando el padre se va de casa y los abandona, se quedan solos. Ese duelo que tienen que vivir y ese terror a quedarse en la nada, el abandono… Habla de los duelos, de la soledad. Claro que la soledad produce monstruos, y hemos vivido tiempos horribles en los que tantísimas personas mayores han muerto solas en su casa, o en una habitación… El páramo habla de las enfermedades mentales, del suicidio. Es algo de lo que hasta ahora no se quería hablar, porque se suponía que si lo haces va a aumentar, y no es cierto. Hay que hablarlo. El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte entre los jóvenes, y las enfermedades mentales se han multiplicado. A mí es lo que más miedo me da, porque al final hay otras que tienen un tratamiento, pero las enfermedades mentales son muy difíciles de sobrellevar, y no hay apoyo ni medios. Es algo que me preocupa muchísimo.

Tienes una trayectoria muy larga, pero todos los intérpretes tenéis un papel que os ha marcado especialmente. ¿Cuál es el tuyo?

Hay veces que haces una participación en una película o en una serie que a priori es algo pequeñito, una piececita dentro de la historia, y eso te lleva a otra gran historia. Esas cosas pasan. Cada personaje es importante ya no solo por lo que te da a nivel profesional, sino también personal: te llevan a grandes amistades, por ejemplo. Pero, si tengo que hablar a nivel profesional, para mí uno de los personajes que más me han marcado ha sido, sin duda, La novia. Los textos de Bodas de sangre los recitaba yo cuando quería ser actriz. Y Yerma, y La zapatera prodigiosa, y todo eso. De repente, convertirme en la novia de una obra que forma parte de la historia de la literatura es muy emocionante. En La voz dormida interpreté a Hortensia, y tuvimos la suerte de conocer a mujeres que vivieron aquel momento, que habían estado encarceladas en la prisión de Ventas, y conocer su historia y yo poder representar a todas esas mujeres… hay historias que te tocan especialmente, claro.


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¿Es esa experiencia una especie de sororidad intergeneracional?

Absolutamente. Para mí aquello fue muy importante. A nivel personal, conocí a todas esas mujeres, leí todo sobre lo que pasó, lo que ellas nos contaron de primera mano… Era como hacer justicia política con ellas. Y luego me lo dijeron. Yo hice ¡Ay, Carmela!, que también tenía un gran contenido político, y algunas de ellas vinieron porque todavía vivían. Había una camaradería muy bonita. Y luego están Tres bodas de más o Arde Madrid, que son personajes de comedia. Yo hasta Tres bodas de más no había tenido la oportunidad de hacer comedia, y esa película (y Javier Ruiz Caldera) me abrieron las puertas de ese género y del mundo, porque yo soy una payasa de manual. Había hecho muchísimo drama, pero yo principalmente soy cómica. Y que me dieran esa oportunidad y que desde entonces tenga credibilidad tanto en drama como en comedia es muy difícil de conseguir. Estoy muy feliz, porque yo no entiendo la vida sin sentido del humor y sin comedia. He sido muy afortunada.

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