Tras pasar por nuestro país, nos reunimos con el pianista, reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por la República Francesa, para hablar acerca de su insólita carrera.
El nombre de Sofiane Pamart ya no pertenece únicamente al circuito clásico: su universo sonoro, a medio camino entre la épica cinematográfica y la intensidad emocional de la calle, lo ha convertido en un fenómeno global difícil de encasillar.
Reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por la República Francesa, Pamart lidera una nueva generación de músicos que rompen moldes sin renunciar a la técnica. Con más de mil millones de reproducciones acumuladas, su impacto trasciende cifras: está redefiniendo, con estilo propio, qué significa ser pianista en pleno 2026.
Ha actuado el 20 de marzo en el Palau de la Música Catalana y acaba de lanzar un nuevo disco de estudio. Aprovechamos su paso por nuestro país para hablar con él.

Entrevista con Sofiane Pamart
Gracias a artistas como tú, la gente joven se acerca a la música clásica. ¿Cómo se siente lograr algo tan mágico?
No es algo que me propusiera conseguir. Sucedió porque nunca acepté la idea de que la música clásica pertenezca a un tipo concreto de persona. A menudo me encuentro con el público después de los conciertos. Cuando un chico de barrio, que creció escuchando drill o reguetón, me dice que mi música le abrió una puerta que no sabía que existía, siento gratitud, pero no lo considero un mérito mío. La música simplemente está haciendo lo que siempre ha sido capaz de hacer, una vez desaparecen los guardianes de acceso.
¿Qué opinas de la distinción entre alta y baja cultura, y cómo afecta a nuestra forma de acercarnos a ella?
Esas categorías se inventaron para preservar el poder. Nunca han descrito realmente la realidad. ¿Quién decide qué es alto y qué es bajo? Toda música honesta merece ser escuchada, y cada forma tiene un significado particular marcado por su contexto. El contexto cambia nuestra percepción. No elegirías el mismo género para expresar todas las emociones. Lo que hace especial a la música, lo que la eleva, es su capacidad de despertar algo dentro de ti, de poner eco a un sentimiento que no sabías expresar.

Has contribuido a cambiar la percepción del piano, antes asociado a una élite. ¿Lo ves así?
El piano nunca fue realmente elitista. Por naturaleza, siempre ha sido un instrumento democrático. Ha estado presente en casas, bares e iglesias en todas las clases sociales. Yo solo he ayudado a recordar que siempre ha sido de todos. El piano es visceral: puede ser violento, delicado, abrumador, melancólico, poético o minimalista. Es cercano, está hecho para compartirse y habla de forma directa.
¿Cómo describirías tu música y por qué crees que conmueve a tanta gente?
Cuento historias sin palabras. Cada pieza es una escena: tiene un inicio, un recorrido, atraviesa obstáculos y termina con una resolución o dejando una pregunta abierta. Creo que lo que conmueve es su carácter universal. No compongo para un público concreto, sino para esa parte de cada ser humano que permanece igual, sin importar el lugar de origen o el idioma. El piano, cuando se toca con total honestidad, alcanza algo previo al lenguaje. Quizá por eso emociona.
Rosalía ha sido criticada por mezclar flamenco y pop. ¿Cómo afrontas las críticas?
Siento un enorme respeto por Rosalía. Lo que hace requiere valentía, y la valentía siempre genera críticas de quienes confunden preservar con estancarse. Toda gran tradición musical fue en su momento una provocación. El flamenco lo fue, igual que el jazz escandalizó y el hip-hop fue despreciado. Los puristas siempre se equivocan sobre el futuro, aunque a veces acierten sobre el pasado.

¿Cómo empezaste a mezclar géneros sin tener referentes claros?
No los veía como géneros distintos, sino como lenguajes diferentes que hablaba. Crecí en el conservatorio estudiando a Bach y Debussy por la mañana, y por la noche escuchaba a Nas, Jay-Z y raperos franceses. No había contradicción. Ambos mundos exigían emoción y recompensaban la dedicación. La mezcla no fue una decisión creativa, sino algo natural cuando me sentaba al piano. No intentaba ser original, solo ser fiel a lo que había absorbido.
¿Cómo fue tu concierto en Barcelona?
El público allí tiene una intensidad especial. Está completamente presente, escucha con todo el cuerpo y aplaude con generosidad. Para mí, el directo es donde todo lo que imaginamos como artistas se vuelve real. El Palau de la Música de Barcelona es uno de mis lugares favoritos para tocar. La arquitectura se convierte en parte del espectáculo. Siento que estamos en diálogo los tres: el piano, el público y el propio espacio.
Trabajas con marcas de moda. ¿Cuál es tu relación con la moda y qué conexión tiene con la música?
Ambas son lenguajes de identidad; dicen quién eres antes de cualquier otra cosa. Actuar con un kimono o con un traje a medida en un escenario clásico también forma parte de la performance. Moda y música comparten una misma lógica: transformar algo invisible —una emoción, una actitud, un momento cultural— en algo tangible.
¿Cómo logras mantener el control total de tu trabajo sin depender de grandes discográficas?
Construyendo la estructura desde cero junto a mi mánager, Guillaume Héritier. Nuestro sello, 88 Touches, existe para que nadie más tome las decisiones. Pero más allá de la propiedad, la independencia nos ha permitido crear un equipo con el tiempo: personas que han decidido dedicarse plenamente a este proyecto, que han crecido con él y lo entienden desde dentro. Eso es algo que una gran discográfica no puede ofrecer por su propia naturaleza. Manejan decenas de artistas compitiendo por la misma atención y recursos. Cuando una campaña termina y empieza otra, el equipo pasa a lo siguiente. Lo que hemos construido es distinto: cada persona implicada está aquí porque también siente este proyecto como suyo.